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Marcha a Fisterra – Viaje de un cellista
Por Dane Johansen 
Traducido al español por Carolina Landriscini

Llegué a la Catedral de Santiago, destino de peregrinos desde el siglo XVII, tras 40 días caminando a través de España con el cello a la espalda. Estaba casi al final de mi viaje, un trayecto lleno de significado personal y musical que había rebasado todas mis expectativas, y al escuchar el sonido quedo de un órgano, finalmente me sentía capaz de reflejar la magia y la maravilla de mi viaje por el Camino de Santiago. Mi aventura había comenzado en 2008, inspirándome en la experiencia de un amigo en el Sendero de los Montes Apalaches, empecé a preguntarme de qué manera podría combinar mi pasión por la música con mi amor por la naturaleza y la aventura. A la búsqueda de mi propio camino encontré el Camino de Santiago, una antigua ruta de peregrinaje que cruza España. Un peregrinaje católico que existe desde los siglos VI-VII, y cuyo trayecto está salpicado de hermosas iglesias que yo imaginaba como espacios ideales para llenar de música... Para continuar leyendo haga clic en "Read More."


Durante mis estudios en el Programa de Artist Diploma de la Escuela Juilliard de Nueva York, siempre estuve a la búsqueda de un nuevo enfoque a la hora de realizar una grabación de las seis Suites para cello solo de Bach, un rito iniciático para todo cellista. Esta obra maestra para violonchelo de Bach me ha fascinado siempre, desde que siendo muy joven, estudié por primera vez la primera suite en sol mayor. En este proceso de búsqueda, pensé que grabar las suites de Bach en las distintas iglesias situadas en el Camino de Santiago sería una continuación perfecta de mi propio peregrinaje vital con Bach. Mi plan fue evolucionando hasta incluir la producción de una película documental sobre el Camino de Santiago en el que se presentaran las historias de numerosos peregrinos, las Suites de Bach y mi propio viaje musical.

Uno de los retos más importantes del proceso de producción fue obtener los permisos para grabar y filmar en el interior de nada menos que 36 iglesias, escogidas por su belleza, interés arquitectónico o importancia histórica. En un principio, la mayoría de los sacerdotes con los que contactamos no estaban predispuestos a otorgarnos los permisos. Y quizás con razón, porque nosotros no ofrecíamos nada a cambio que beneficiara a los habitantes del lugar. Nos devanamos los sesos para ver de qué manera podríamos conseguir nuestro objetivo de grabar esta música y que al mismo tiempo esto revirtiera positivamente de algún modo en las localidades anfitrionas, y decidimos que podíamos repetir cada sesión de grabación en forma de concierto público y gratuito. Así, los sacerdotes fueron más favorable a nuestra segunda propuesta. Estas negociaciones definieron lo que iba a ser una de las lecciones más importantes que aprendí durante el Camino: abrirse a los cambios en la vida, ya que traen consigo belleza y una dimensión nueva y especial en cada experiencia. El hecho de interpretar estos conciertos, me aportó una nueva óptica en mi propia experiencia vital más importante de lo que nunca habría imaginado. Más allá de grabar las Suites, tuve la oportunidad de compartir la música de Bach con miles de personas.

Tras seis años de planificación, me sentía feliz de poder comenzar mi viaje en los Pirineos, en una localidad llamada Roncesvalles. Sentado en la Iglesia de la Real Colegiata ante una audiencia expectante, finalmente estaba viviendo mi sueño. Empecé con la primera suite de Bach que estudié en mi vida, la Suite número uno en sol mayor. A medida que el sonido llenaba la iglesia, escuché sobrecogido maravillado por la belleza del lugar y la pureza e intimismo de la acústica. Las piedras antiguas brillaban con calidez y resonaban a la perfección con la música de Bach y el sonido de mi cello. Las vidrieras relucían con colores vivos y las perfectas proporciones del espacio arquitectónico hacían del espacio algo divino. A la mañana siguiente, di mis primeros pasos y vi una señal que decía “Santiago 790”. Casi 800 kilómetros me separaban de Compostela, sin mencionar los siguientes 80 kilómetros entre Santiago y el Océano Atlántico. A partir de ese mismo día me decidí a soportar las ampollas, mis doloridos pies y una indescriptible sensación de fatiga. La única solución era seguir poniendo un pie delante del otro. A medida que iba recorriendo el Camino me fui convirtiendo en una nueva persona. Pero el Camino no fue lo único que me hizo cambiar, también toda  la gente que fui conociendo. Cada vez que tocaba un concierto me sentía enormemente agradecido por poder compartir en ese viaje trascendental mi música favorita y ofrecerle algo a la gente que me acogía.

Una de las lecciones que aprendí del Camino fue la de la “sencillez en todas las cosas”. Desde una perspectiva puramente materialista, aprendí enormemente sobre mis necesidades reales. Llevaba una muda, un saco de dormir, objetos personales de aseo elementales, un chubasquero y mi cello. Estos artículos básicos cubrieron mis necesidades durante 45 días. Y mi vida sencilla me reveló otra verdad: las cosas esenciales en la vida son el aire puro, el agua limpia, algo para comer, un refugio cálido y belleza. Ya de vuelta a mi vida habitual en Nueva York, soy más consciente de estas necesidades básicas. Y esta filosofía también ha moldeado mi visión de la música y del cello. “Sencillez en todas las cosas” es un mantra que puede cambiar la técnica y el fraseo de cualquier cellista y de todo músico. Pienso que esta sencillez tiene que haber sido uno de los objetivos de Bach al componer esta música, en la que la armonía está escrita melódicamente y la mayor parte del contrapunto debe ser imaginado por el oyente. Quizás la expresión última de esta sencillez es la Sarabande de la quinta Suite, en la que Bach consigue comunicar una expresión grave y profunda utilizando el mínimo de notas.

A lo largo del viaje ofrecí 35 conciertos interpretando las Suites de Bach. Y progresivamente mi relación con esta música, mis interpretaciones, mi concepto del ritmo y mi idea del fraseo cambiaron por completo. Fue impresionante el profundo impacto que cada una las iglesias tuvo en cada interpretación. Algunas iglesias eran enormes y requerían una proyección específica del sonido y una idea de la respiración y el tempo adecuada a su gran espacio. Otras iglesias eran pequeñas y tenían mucha resonancia, de modo que tenía que medir bien el temperamento y la energía para no saturar su espacio sonoro. Algunas de ellas eran absolutamente perfectas para hacer música y esto me permitió tocar sin tener que hacer adaptaciones en mi forma de tocar. Mi iglesia favorita fue la de Vilar de Donas, en Palas de Rey, en la provincia de Lugo. Bajo mi punto de vista, es la iglesia mejor conservada a lo largo de todo el Camino. Las piedras antiguas están manchadas de musgo verde y las grandes puertas de madera crujen y tienen grietas que permiten el paso de algunos rayos de luz que atraviesan el aire cargado de polvo. Los muros y bóvedas están cubiertos de pinturas célticas originales. Las pinceladas rústicas del artista del siglo VII expresan una gran humanidad, humildad y sencillez. Esta iglesia me hizo sentir una conexión especial con el pasado y me hacía imaginar a la gente que antiguamente vivió entre estos muros. La combinación del Camino y la música de Bach invitan a pensar en todas estas cuestiones de un tiempo pasado y de la vida de miles de personas a través de la historia. Tocando la música de Bach en Vilar de Donas me sentí muy afortunado de ser a la vez peregrino y cellista y tener así la oportunidad de vivir una experiencia como esta.

La mayoría de los peregrinos, entre los que se incluyen algunos de mis amigos, concluyen su viaje en Santiago, de modo que al llegar a la Catedral de Santiago, sentí que había alcanzado la línea de meta. Esa tarde tuve la fenomenal oportunidad de tocar allí, y disfruté de la compañía de muchos peregrinos que vinieron a escuchar esta música por una última vez. En la capilla casi no quedaba espacio libre y todo el mundo estaba arremolinado en torno a mí, en los pasillos y amontonados en la puerta de entrada. Al mirar hacia la audiencia, vi caras familiares y sonrientes y creo que todos experimentamos un agradable sentimiento de formar parte de una comunidad. Tras el concierto de Santiago, mi amigo Peter, un habitual de mis conciertos, se acercó a mí y me agradeció por toda la música. Y también me dio las gracias por haber sido el hilo conductor que mantuvo unido a ese grupo de peregrinos. Todavía me emociona el pensar que Peter, y probablemente muchos otros, sintieran gratitud hacia la música de Bach y de que ésta se convirtiera en parte de su experiencia en el Camino de Santiago.

Después de disfrutar de un día de descanso en Santiago, comencé a caminar los 80 kilómetros finales hasta el Océano Atlántico, hacia un lugar llamado Fisterra. Destino último de los primitivos peregrinos cristianos, los antiguos cartógrafos creían que Fisterra era el final de la tierra, por su situación como punto más al oeste de Europa. La ruta desde Santiago es accidentada y más exigente para el caminante que los 800 kilómetros anteriores. En el sendero había muchos menos peregrinos, así que en comparación con la ajetreada llegada a Santiago, el camino a Fisterra se presentaba como un epílogo de serenidad y belleza. Y tras tres días agotadores caminando, llegué finalmente al Océano. Los acantilados de Fisterra son inmensos, como grandes torreones sobre el rompiente de las olas. Esa noche toqué mi último concierto en los acantilados, rodeado de peregrinos felices encaramados en las rocas. Creo que todos compartimos sensación de que el Camino nos había cambiado para siempre. En esta sociedad en la que vivimos a un ritmo vertiginoso es raro que tengamos la ocasión de caminar, pensar, respirar y vivir con sencillez. Esta vivencia me ha cambiado como hombre y como músico y la plenitud de esos cambios  se revelarán por sí mismos a su debido tiempo. Mi tarea ahora es incorporar todo lo que he aprendido en mi vida cotidiana y vivir de acuerdo con las verdades que he comprendido a lo largo del Camino.

Como una última etapa de mi trayecto tuve la oportunidad de unirme a Carolina Landriscini y a todos los estupendos jóvenes cellistas de Soncello con ocasión de la celebración del III Encontro de Violoncelistas de Verán en Culleredo, en la provincia de A Coruña. Fue una fenomenal experiencia el poder trabajar con todos ellos, como profesor de las masterclasses junto con Carolina y como director invitado de la orquesta de cellos. Debo confesar que era la primera vez que dirigía y que estaba un poco nervioso. Pero gracias a Carolina y todo el equipo de organización de Soncello, todo se desarrolló de modo fluido y agradable, con mucha energía positiva por parte de cada uno de los participantes. Los ensayos fueron pocos pero efectivos y pudimos ofrecer una exitosa interpretación de tres arreglos para orquesta de cellos, entre ellos Michelle Ma Belle, de Paul McCartney. Todos los cellistas tocaron muy bien y fue un placer ver cómo tantos jóvenes músicos y sus familias se reunían para disfrutar de su afición y amor por la música y el cello en particular. He tenido encuentros con varias organizaciones como Soncello en distintos lugares del mundo, pero la alegría y el entusiasmo que presencié en el Encontro de Culleredo fueron muy especiales. Es encomiable lo que el equipo organizador de Soncello está haciendo en favor de los jóvenes cellistas, y merece el máximo apoyo y reconocimiento de la sociedad a nivel local, nacional e internacional. Fue un verdadero placer pasar un par de días con gente tan encantadora y formar parte de un evento con impacto para tantos jóvenes cellistas. El Encontro fue un remate perfecto para esas increibles seis semanas de mi vida, que no olvidaré nunca. Mi más sincero agradecimiento a Carolina y su equipo por haberme invitado al Encontro y darme la oportunidad de conocer a la “familia Soncello”.

En www.walktofisterra.com encontraréis más información sobre el proyecto de película y grabación. 

 


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